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El reto educativo es despertar el deseo

La última tarde de las XII Jornadas de Teología, organizadas por el Instituto Superior de Teología de las Islas Canarias y el Aula Manuel Alemán, comenzaba con la intervención de Jesús Pérez Peña, director del Aula Manuel Alemán de la ULPGC, que presentaba al primer ponente como un activo muy valioso en el ámbito intelectual. Tomaba así la palabra, el Dr. Daniel Barreto González, profesor del Istic, para hablar de “los desafíos éticos de la educación hoy”.
Si tuviera que poner un subtítulo, comenzaba Daniel Barreto, diría: “educación y cultura del shock”. Uno de los desafíos éticos de la educación, proseguía el ponente, es cultivar espacios visibles para la atención, la concentración frente a la dispersión concentrada, la aceleración de la vida y la  alienación de los medios de comunicación. La cultura del shock está generando el síndrome del Trastorno de Déficit de atención e hiperactividad (TDH). Actualmente, apuntaba el ponente, las instituciones educativas funcionan como máquinas de adaptación. El sentido de la universalidad como búsqueda de la verdad práctica, ha desaparecido de las instituciones civiles. Pero sí es cierto que aún hay espacios donde es posible educar para la igualdad y la tolerancia, donde la lógica mercantil no es la única pauta general. Estos espacios son, indicaba el profesor de filosofía,  los que hay que defender.
Barreto, Dr. en Filosofía, explica el concepto de shock a través del  dramaturgo Juan Mayorga, que llama la atención sobre el hecho de que el esqueleto de nuestro sistema actual de producción y consumición está atravesado por el shock. Todos los días nos encontramos sometidos a la mecánica de la inmediatez que imponen los avances tecnológicos y científicos, y resulta cada vez más complicado salir de la dinámica, del tiempo que marca la tecnología. La velocidad se ha impuesto hasta tal punto que en nuestro día a día ya ni siquiera reparamos en ella.
Mayorga afirma que el shock ocupa el mundo del trabajador/consumidor contemporáneo. El shock no liga al hombre a una tradición ni a una comunidad, sino que lo encierra en el aquí y en el ahora del individuo aislado.
 Y para explicar el síndrome TDH, Barreto centra su ponencia en las ideas del filósofo Christoph Tücke y su libro “Hiperactivo. Crítica de la cultura del Déficit de Atención”.
La observación inicial nos dice que al niño hiperactivo le falta algo. Ha perdido el nivel de concentración. El filósofo plantea que si queremos conocer a fondo por qué cada vez más hay niños con este síndrome, tenemos que comprender la cultura actual en bloque, la cultura de la dispersión concentrada.
En el campo educativo, ante cualquier problema de un niño con síndrome TDH, la primera medida es medicarlo. La etiqueta rápida calma al docente y a los familiares. El niño con este síndrome, explicaba Barreto, no es un caso de enfermedad en una sociedad sana, sino un espejo de la sociedad que somos, un espejo fiel de las tendencias sociales actuales y sólo una actividad parece calmar al niño con este déficit: la pantalla; La pantalla porque la velocidad y el shock de la pantalla, es lo contrario de la perdurabilidad del tiempo. Tenemos que estudiar la facultad de atención desde un punto de vista antropológico y Tücke, ante esta realidad propone una nueva asignatura en la escuela: Ciencia de los rituales, que más que una asignatura se trata de un eje trasversal. Sobre la escritura, aboga por recuperar la escritura a mano para cultivar la atención.
La atención es la plegaria natural del alma y  tiene gran importancia en la configuración de la sociedad. La atención es posible porque descubro lo permanente a través del ritual. Qué se pone en peligro, entonces, cuando perdemos la capacidad de atención? La propia identidad, la condición del yo.
Podemos conseguir hoy y en el futuro, concluía Daniel Barreto, que nuestras instituciones educativas se conviertan en espacios donde podamos resistir a la cultura del shock.
Y lo que lo que podemos hacer desde las iglesia cristianas, concluye Daniel Barreto, es una tarea no tan visible, sino más subterránea pero más profunda la vez. En las iglesias cristianas es importante mantener vivas las prácticas que nos vinculan a fuente de la atención.

La conferencia de clausura, que presentaba Eloy Santiago, profesor del Istic, venía de la mano de Javier María Prades López, Rector de la Universidad Eclesiástica San Dámaso.
Nos encontramos en situación de emergencia educativa y en la necesidad de establecer un pacto educativo, por lo que es muy importante comprender la tarea educativa de una manera global, no sólo en los aspectos institucionales y legales, sino sobre todo, en la dimensión personal, apuntaba Prades.
La tarea educativa interpela en primer lugar, a los adultos, a todos los que quieren comunicar a las generaciones más jóvenes, un significado y un sentido para la vida.
El educador es aquel que desde la escuela elemental hasta la universidad,  ayuda a mirar bien la realidad, es decir, a percibirla tal  como se nos muestra, remitiéndonos aún más allá, a una profundidad misteriosa.
En la tarea educativa hay que tener la paciencia de entrar despacio en comprender la existencia humana, que está llena de impulsos para encontrar la felicidad. Lo que hacemos cuando educamos, depende de qué tipo de diagnóstico hay en nuestro punto de partida de acción.
María Zambrano dice que la realidad nos alimenta, nos sustenta y si se corta el vínculo con la realidad, caemos en un déficit moral. Por qué se consumen tan deprisa los deseos?, preguntaba Prades: Quizás nos falta entrenamiento a nosotros, los que educamos, para reconocer y acoger la realidad para que nos sustente. La realidad sólo se sustenta si la recibimos como es.
El riesgo en un aula es  quedarnos en la superficie de la vida. Y es posible que no nos llegue el eco del agradecimiento de un alumno, pero siempre hay que ir con ganas de aprender.
Educar, afirmaba el Rector, es introducir en la realidad según la totalidad de las dimensiones. En ese sentido, como decía Pablo VI, el verdadero maestro es siempre un testigo que despierta el interés del estudiante al comunicar una experiencia viva.
Llegaba el momento de la clausura de las Jornadas, con la intervención, en primer lugar, de Cristóbal Déniz, director del Istic.
Creemos, indicaba Déniz, que ha sido una experiencia que nos ha proporcionado una visión amplia y actualizada sobre lo que está aconteciendo y cuál es el papel más adecuado a realizar como personas, como sociedad y como Iglesia. El desarrollo más importante, la revolución pendiente desde hace siglos hasta hoy, es avanzar hacia un mundo donde cada persona tenga la posibilidad y el logro de ir alcanzando la mejor versión de ella misma, apuntaba.
Me ha llamado la atención, apuntaba el director del Istic, como un elemento común en los distintos ponentes, con un compromiso amplio en el sector de la educación en la sociedad y, por tanto, con una opinión fundada, ha sido que aun siendo conscientes de los límites, han querido subrayar una perspectiva esperanzada respecto al futuro. Eso sí, apuntaba Déniz, se ha incidido en la necesidad de potenciar la interioridad y profundidad en las personas, la excelencia educativa en los planes de estudio, el papel de la ética y de la fe como estímulo de esta obra de arte en construcción, como nos dice el Papa Francisco.
Ciertamente, concluye Cristóbal Déniz, es posible avanzar hacia un futuro distinto y más satisfactorio, pues tenemos los mejores medios de la historia, con la clave de bóveda en reconocer y comprometerse comunitariamente con el fin más elevado, con el bien común más sagrado: La persona humana con sus posibilidades infinitas de realización.
El Obispo de Canarias, Francisco Cases Andreu, clausura las Jornadas indicando que se puede buscar la excelencia educativa y se puede perder la identidad creyente. Estos días, nos han enseñado que se debe y se puede trabajar por las dos cosas. No perdamos la ilusión de trabajar por ambas. Se ha visto muy claro, indica Cases, que la mejor identidad cristiana, alcanza la mejor excelencia educativa. Todo converge en la persona del formador. Todo educador es ese pedagogo de San Pablo, el que lleva al  niño a la fuente de sabiduría, que es Cristo.


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